viernes, 8 de agosto de 2008

La grandeza viene en paquete chico



Nacido en 2005 como un proyecto solista de su cantante, en marzo del año pasado comenzó a gestarse la actual agrupación que en el camino perdió a su bajista, pero supo ganar un lugar en el escenario del indie porteño.



La voz de Javier Yunes aún resuena en mi cabeza. Y es que en cada una de sus canciones, el vocalista de The Plethora Project se desplaza nítidamente con un tinte que recuerda a Thom Yorke, cantante de Radiohead y, por qué no, también al líder de Muse, Matthew Bellamy.


La banda formada por Yunes (guitarra, piano y voz) y Fernando Baes (programaciones y teclado) se presentó el pasado jueves 31 en TAZZ SOHO (no confundir con el simpático bar-mellizo ubicado frente a Plaza Serrano), sobre la calle Armenia al 1700. El show, de entrada libre y gratuita, comenzó pasadas las 22 tras un fugaz repaso del cantante por la lista de temas (que después arrojaría al piso casi con furia); luego una breve improvisación daría lugar al primer tema de la noche, Pleuvoir, una suave melodía acompañada de un piano constante y bases electrónicas alejadas del clásico ritmo del rock. Una de las tantas joyas que esta presentación de apenas una hora dejaría a la veintena de espectadores allí presentes (sin contar, claro, a quienes ya se encontraban allí tomando un trago o una cerveza).


El repertorio incluyó, además, un cover que curiosamente Yunes había preparado para un concurso pero que, por cuestiones de plazos y fechas, no pudo entregar: Army of me, de la islandesa con uno de los rostros y voces más particulares de la música, Björk. También se destacó White elephants of Atlantis, otro tema de su impecable EP, Elephants sound asleep (2007) en donde los dos jóvenes músicos fusionan su creatividad, creando una atmósfera mágica.


Pero, sin duda, el tema que más vibró y llamó la atención hasta de quienes se encontraban al fondo del lugar jugando al pool (o en principio desinteresados por la innovadora música que sonaba en vivo), fue Backlight; que con casi un minuto y medio de una melodía atrapante y misteriosa, dio lugar a lo que pareció ser una especie de mensaje de contestador, un sentimiento pendiente guardado por un tiempo y que explotó como lo hizo la canción.


Aunque el bar en términos de sonido no se encontraba preparado para recibir a una banda en vivo, en este caso, la llamativa performance (que contó, en guitarra, con una mezcla de arpegios limpios, distorsión y delay acompañados de sintetizadores en algunas de las canciones) del dúo llevó a un segundo plano este inconveniente y dejó boquiabiertos a quienes llegaron a compararlos con Nirvana en sus comienzos.


Un grupo que demuestra que con buena música, el lugar físico, aunque importante, a veces no determina los resultados.


Periodista: Judith Gómez Machado

Fotos: Gabriela Sambucetti

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